Si la historia de Jesús terminara el viernes, sería la historia más triste jamás contada.
Un hombre bueno, traicionado por un amigo, condenado sin causa, burlado, clavado en una cruz y sepultado en una tumba prestada. Fin. Un mártir más en la larga lista de la injusticia humana.
Pablo lo dijo sin anestesia: “si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17, RVR60). Todo el cristianismo cuelga de lo que pasó aquel domingo por la mañana.
Pero la historia no terminó el viernes. Y lo más asombroso es que los profetas tampoco la dejaron terminar ahí.
En los artículos anteriores de esta serie vimos la vista panorámica de las profecías mesiánicas, la traición anunciada en el Salmo 41:9 y la cruz descrita en el Salmo 22. Hoy damos el paso que lo cambia todo: la tumba vacía y el trono.
Vamos a detenernos en tres salmos. Cada uno nos muestra un escalón distinto de la victoria de Cristo:
- Salmo 16:10: sale de la tumba.
- Salmo 110:1: se sienta en el trono.
- Salmo 68:18: sube como conquistador y reparte el botín.
Salmo 16: el Santo que no vería corrupción
“Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Salmo 16:10, RVR60)
El Salmo 16 es una oración de confianza. David se refugia en Dios y le dice algo precioso: “Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa” (v. 5). No hay nada que desee más que a Dios mismo.
Y de esa confianza nace una esperanza que va más allá de la muerte. El Seol era la palabra hebrea para el lugar de los muertos, el destino de todo ser humano. Corrupción es lo que todos sabemos que pasa con un cuerpo en la tumba: se descompone y vuelve al polvo.
David dice: Dios no dejará a su Santo ahí. Ni el alma se quedará en el reino de los muertos, ni el cuerpo se pudrirá.
El argumento de Pedro: “la tumba de David sigue ocupada”
Cincuenta días después de la resurrección, en Pentecostés, Pedro se puso de pie frente a una multitud en Jerusalén y predicó el primer sermón de la iglesia. Su texto central fue precisamente este salmo.
Su argumento es sencillo y brillante. Más o menos dijo: “Hermanos, todos sabemos dónde está enterrado David. Su tumba está aquí, en Jerusalén. Podemos ir a visitarla hoy mismo”:
“Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.” (Hechos 2:29, RVR60)
Si David murió y su cuerpo se descompuso como el de cualquiera, entonces no estaba hablando de sí mismo. Estaba hablando de otro:
“Siendo profeta (…) viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.” (Hechos 2:30-32, RVR60)
Fíjate que Pedro no presenta la resurrección como una idea bonita o un símbolo. La presenta como un hecho con testigos: nosotros lo vimos. Y lo predicó a pocos minutos a pie del sepulcro donde habían puesto a Jesús. Si el cuerpo hubiera estado ahí, a sus enemigos les habría bastado con mostrarlo.
Pablo repite el mismo argumento
Años después, en una sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo usó exactamente el mismo salmo con la misma lógica:
“Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según la voluntad de Dios, durmió, y fue reunido con sus padres, y vio corrupción. Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción.” (Hechos 13:36-37, RVR60)
Me gusta mucho cómo resume Pablo la vida de David: sirvió a su generación y luego durmió. Fue un gran rey, pero su historia terminó en la tumba como la de todos. La de Jesús no.
Al tercer día
Hay un detalle que da todavía más peso a esta profecía. Cuando Jesús llegó a la tumba de Lázaro, Marta le advirtió: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días” (Juan 11:39). Todos sabían lo que el tiempo le hace a un cuerpo.
Jesús resucitó al tercer día. Su cuerpo no llegó a conocer la corrupción. Y no fue que alguien lo devolviera a la vida para morir otra vez, como Lázaro. Resucitó para no morir jamás: “la muerte no se enseñorea más de él” (Romanos 6:9, RVR60).
Pedro lo dice con una frase que me encanta: Dios lo levantó “por cuanto era imposible que fuese retenido por ella” (Hechos 2:24). La muerte no pudo quedarse con Él. Era imposible.
Salmo 110: sentado a la diestra
“Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Salmo 110:1, RVR60)
El Salmo 16 termina diciendo: “Delicias a tu diestra para siempre” (v. 11). Es el puente perfecto hacia nuestro siguiente salmo, porque el Salmo 110 nos lleva justo ahí: a la diestra de Dios.
Este es el versículo del Antiguo Testamento que más veces se cita o se alude en el Nuevo. Los apóstoles volvían a él una y otra vez. Y la razón es que responde a una pregunta clave: ¿dónde está Jesús ahora y qué está haciendo?
Un acertijo que dejó callados a los fariseos
Antes de ver su cumplimiento, mira cómo lo usó Jesús.
Durante su última semana en Jerusalén, los líderes religiosos lo acosaban con preguntas trampa. En un momento, Jesús les dio la vuelta y les hizo una pregunta a ellos: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?”. Ellos respondieron lo obvio: “De David” (Mateo 22:42).
Entonces Jesús les citó el Salmo 110:
“¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor (…)? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? Y nadie le podía responder palabra.” (Mateo 22:43-46, RVR60)
Para entender la fuerza de esta pregunta hay que saber cómo funcionaba aquella cultura. Un padre jamás llamaba “señor” a su hijo o a su nieto. Era al revés. El antepasado tenía la autoridad.
En hebreo el verso dice algo así como: “Dijo YHWH a mi señor”. El primer nombre es el nombre personal de Dios. El segundo es un título de honor. Y David, el rey más grande de Israel, se lo da a alguien que todavía no había nacido.
¿Cómo puede ser el Mesías hijo de David y Señor de David al mismo tiempo? Solo hay una respuesta: el Mesías es hombre, descendiente de David, y a la vez es mucho más que un hombre. Los fariseos no supieron qué contestar. Nosotros sí sabemos.
Pedro: “David no subió a los cielos”
En Pentecostés, después de usar el Salmo 16 para hablar de la resurrección, Pedro usó el Salmo 110 para hablar de lo que vino después:
“Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra (…). Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.” (Hechos 2:34-36, RVR60)
Imagina el golpe que fue escuchar eso para quienes habían gritado “¡crucifícale!” semanas antes. El hombre al que mataron como un criminal estaba sentado en el lugar de mayor honor del universo. Lucas dice que “se compungieron de corazón” y preguntaron: “¿qué haremos?” (Hechos 2:37). Ese día se convirtieron unas tres mil personas.
¿Por qué “sentado”?
La carta a los Hebreos nos da un detalle que es fácil pasar por alto:
“Habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” (Hebreos 1:3, RVR60)
Y unos capítulos después lo explica mejor. En el tabernáculo y en el templo no había sillas para los sacerdotes. Trabajaban de pie, día tras día, ofreciendo sacrificios que nunca terminaban de quitar el pecado:
“Y ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios.” (Hebreos 10:11-12, RVR60)
Cristo se sentó porque terminó. El trabajo de nuestra salvación está completo. No hay nada que añadirle: ni penitencias, ni pactos, ni ofrendas especiales que “activen” lo que Él ya hizo. Es el mismo eco del “Consumado es” de la cruz.
”Estrado de tus pies”
La segunda mitad del versículo usa una imagen muy de la época. En el mundo antiguo, cuando un rey derrotaba a sus enemigos, a veces ponía literalmente el pie sobre ellos como señal de victoria total. Puedes ver un ejemplo en Josué 10:24.
El salmo dice que Cristo está sentado “hasta que” todos sus enemigos queden bajo sus pies. Es decir, la victoria ya está asegurada, y se está desplegando. Pablo nos dice cuál es el último enemigo en caer:
“Porque preciso es que él reine hasta que haya puesto a todos sus enemigos debajo de sus pies. Y el postrer enemigo que será destruido es la muerte.” (1 Corintios 15:25-26, RVR60)
Jesús no está esperando para empezar a reinar. Ya reina. Y desde ese lugar de autoridad, además, intercede por nosotros (Romanos 8:34).
Salmo 68: el conquistador que sube y reparte
“Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios.” (Salmo 68:18, RVR60)
El Salmo 68 es una canción de victoria. Probablemente se compuso para acompañar una procesión del arca del pacto, el símbolo de la presencia de Dios, subiendo al monte Sion en Jerusalén.
El salmo pinta a Dios como un rey guerrero que viene desde el Sinaí con miles de carros (v. 17), derrota a sus enemigos y sube triunfante a su monte.
Un desfile de victoria
Para entender la imagen, piensa en los desfiles de victoria de la antigüedad. Los romanos los llamaban triunfos. El general victorioso entraba a la ciudad en su carro, detrás venían los prisioneros encadenados, y luego el botín de guerra. Parte de ese botín se repartía entre sus soldados y su pueblo.
Eso es lo que describe el salmo: el rey sube, lleva cautivos a sus enemigos y recibe tributo de los vencidos. “Cautivar la cautividad” significa tomar prisioneros a los que antes tenían prisioneros a otros.
Pablo usa una imagen muy parecida para describir lo que Cristo hizo en la cruz con los poderes de las tinieblas: “despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15, RVR60). El pecado, la muerte y Satanás, que nos tenían cautivos, ahora son los derrotados que marchan detrás del carro del vencedor.
Pablo y los dones para la iglesia
Pablo cita este salmo en su carta a los Efesios:
“Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres. Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.” (Efesios 4:8-10, RVR60)
Quizás notes una diferencia: el salmo dice que tomó dones, y Pablo dice que dio dones. No es un error de Pablo. Un rey vencedor recibe el botín precisamente para repartirlo. Además, ya existía entre los judíos una lectura antigua de este salmo, en la traducción aramea, que lo entendía como “diste dones”. Pablo toma la imagen completa: Cristo recibe la victoria y la reparte a su pueblo.
El que bajó hasta lo más hondo, hasta la muerte misma, es el que subió por encima de todo.
La ascensión que vieron sus ojos
Lucas nos cuenta cómo se vio esa subida desde la tierra:
“Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.” (Hechos 1:9, RVR60)
Los discípulos se quedaron mirando al cielo, boquiabiertos, hasta que dos ángeles les dijeron algo que todavía resuena: “este mismo Jesús (…) así vendrá como le habéis visto ir al cielo” (Hechos 1:11). La ascensión no es una despedida definitiva. Es una promesa de regreso.
¿Qué dones repartió?
Pablo nos dice cuáles son los primeros dones de ese botín:
“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” (Efesios 4:11-12, RVR60)
Fíjate para qué son los dones: para edificar a otros, para servir, para que el cuerpo de Cristo madure. No son trofeos personales, ni plataformas para el espectáculo, ni productos que se venden.
Por eso me preocupa tanto cuando veo a alguien ofrecer “unciones” a cambio de una ofrenda, o usar un don como si fuera un título de nobleza. Pedro reprendió con dureza a Simón el mago por pensar que el don de Dios se podía comprar con dinero (Hechos 8:20). Los dones del Rey son gratuitos y son para servir.
”También para los rebeldes”
No quiero cerrar este salmo sin detenerme en esta frase, porque es de las más tiernas de toda la Biblia: “tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes”.
El Rey vencedor no solo reparte el botín entre sus soldados leales. También se lo da a los que estaban del otro lado. A los que se le oponían.
Esos somos nosotros. “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Antes de rendirnos a Él, éramos rebeldes. Y aun así, el propósito del salmo se cumple en nosotros: “para que habite entre ellos JAH Dios”. El Dios que subió a lo alto ahora vive en medio de su pueblo por su Espíritu.
Lo que esto cambia en tu vida
Tu esperanza tiene fundamento
La resurrección de Jesús no es solo un dato del pasado. Es la garantía de tu futuro. Pablo dice que Cristo resucitó como “primicias de los que durmieron” (1 Corintios 15:20). Las primicias eran el primer fruto de la cosecha, la prueba de que el resto venía en camino.
Si tienes a alguien querido que murió en Cristo, su tumba tampoco tiene la última palabra. Por eso podemos llorar, pero “no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza” (1 Tesalonicenses 4:13).
No tienes que terminar lo que Él ya terminó
Si Cristo está sentado, es porque la obra está completa. Vivimos en un tiempo en que mucha gente se agota tratando de ganarse el favor de Dios con sacrificios, rituales, “decretos” o pactos financieros. Todo eso es trabajar de pie en un templo donde el Sumo Sacerdote ya se sentó.
Descansa en lo que Él hizo. Somos salvos por gracia, no por nuestro esfuerzo.
El que reina te conoce
Cuando las noticias te angustien, cuando sientas que el mal va ganando, cuando tu propia vida parezca fuera de control, recuerda dónde está Jesús ahora mismo: sentado a la diestra del Padre, reinando hasta que el último enemigo caiga. Y no está indiferente. Está intercediendo por ti.
Del sepulcro al trono
Tres salmos, escritos por David y otros siglos antes de Cristo. Uno anunció que la tumba no podría retenerlo. Otro, que se sentaría en el lugar de mayor honor. Y otro, que subiría como conquistador repartiendo regalos, incluso a sus antiguos enemigos.
Todo se cumplió. Y si Dios cumplió lo que prometió sobre la resurrección y la exaltación de su Hijo, también cumplirá lo que dijeron los ángeles en el monte de los Olivos: así vendrá.
Esta semana te invito a leer despacio 1 Corintios 15. Es el capítulo más completo de la Biblia sobre la resurrección. Y cuando llegues al final, haz tuya la pregunta de Pablo:
“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55, RVR60)
La tumba está vacía. El trono está ocupado. Y Él viene otra vez.