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El Salmo 22 y la Pasión de Cristo: la cruz descrita mil años antes

Si solo pudieras leer un capítulo del Antiguo Testamento para entender la cruz, yo te recomendaría este.

El Salmo 22 es uno de esos textos que no se pueden leer de prisa. Empieza con un grito desgarrador y termina con una fiesta. En medio hay huesos dislocados, sed, burlas, perros rodeando a su presa y unos soldados sorteando ropa.

Lo escribió David alrededor del año 1000 antes de Cristo. Y aun así, cuando lo lees al lado de los evangelios, parece la crónica de alguien que estuvo en el Calvario.

Seguimos con nuestra serie sobre las profecías del Antiguo Testamento cumplidas en Jesús. Si llegas por primera vez, te recomiendo empezar por la vista panorámica de las 24 profecías y por el artículo sobre la traición anunciada en el Salmo 41:9.

Un salmo que cambia de tono

Antes de entrar en los detalles, vale la pena mirar el salmo completo, como quien mira un mapa antes de salir de viaje.

El encabezado dice que es un salmo de David, para cantarse “sobre Ajelet-sahar”, que significa algo así como la cierva de la aurora. Era probablemente el nombre de una melodía. Me gusta pensar que no es casualidad: un salmo que empieza en la noche más oscura y termina con el amanecer.

Su estructura es muy clara:

Es como una canción que empieza en tono menor, triste y pesado, y de repente cambia a tono mayor. El giro ocurre en el versículo 21, donde el texto hebreo termina con una frase que muchas traducciones recogen así: “me has respondido”.

Algo pasó entre el lamento y la alabanza. Y cuando lo leemos a la luz del Nuevo Testamento, sabemos qué fue.

¿Cuándo lo escribió David?

Es difícil precisarlo. David vivió muchas temporadas de angustia.

Durante años huyó del rey Saúl, escondiéndose en cuevas y desiertos mientras lo cazaban como a un animal (1 Samuel 23-24). Ya siendo rey, tuvo que escapar de Jerusalén descalzo y llorando cuando su propio hijo Absalón se rebeló contra él (2 Samuel 15:30).

Lo más probable es que el Salmo 22 salga de alguno de esos momentos. Soledad, persecución, la sensación de que Dios no responde.

Pero aquí está lo extraordinario: muchas de las cosas que David describe no le pasaron a él. Que sepamos, a David nadie le horadó las manos ni le sorteó la ropa. El Espíritu Santo estaba usando el dolor real de David para describir un dolor que iba mucho más allá. Pedro lo explica al hablar de otro salmo: David, “siendo profeta (…) viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo” (Hechos 2:30-31, RVR60).

”Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” (Salmo 22:1, RVR60)

Eran cerca de las tres de la tarde. Desde el mediodía, la tierra estaba cubierta de tinieblas. Y entonces Jesús clamó a gran voz:

“Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46, RVR60)

Son las palabras exactas con las que abre el Salmo 22.

Más que una cita

Muchos estudiosos señalan que, en una época en la que los salmos no tenían números de capítulo, citar la primera línea era la forma natural de traer a la mente el salmo completo. Algo parecido a cuando tú dices las primeras palabras de un himno y todos saben cuál es.

Con ese grito, Jesús estaba diciendo algo como: “Esto que están viendo es lo que David escribió. Léanlo”. Y los líderes religiosos que estaban al pie de la cruz conocían ese salmo de memoria.

El abandono más real de la historia

Pero no quiero que lo convirtamos solo en un recurso didáctico. El grito fue real.

Ahí, en la cruz, se estaba cumpliendo lo que Pablo describe así: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21, RVR60). Jesús estaba cargando el pecado del mundo, y con él, el juicio de un Dios santo contra ese pecado.

El mismo salmo da una pista de por qué: “Pero tú eres santo” (Salmo 22:3). La santidad de Dios no puede mirar el pecado con indiferencia. Y en ese momento, Cristo estaba cubierto con el nuestro.

Esto no significa que la Trinidad se rompiera, como si el Padre y el Hijo dejaran de ser uno. Significa que el Hijo experimentó en su alma humana el peso del juicio que nos correspondía a nosotros. Por eso nosotros nunca tendremos que gritar esas palabras de verdad.

Solo Jesús sabe lo que vivió en esas horas. Pero fíjate en un detalle: aun en el abandono, sigue diciendo “Dios mío”. No dejó de confiar. Y su última palabra antes de morir fue: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

”Todos los que me ven me escarnecen”

“Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía.” (Salmo 22:7-8, RVR60)

Ahora lee lo que pasó al pie de la cruz:

“Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza (…) De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: (…) Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.” (Mateo 27:39, 41, 43, RVR60)

No solo hicieron el gesto que el salmo describe, el meneo de cabeza. Repitieron casi palabra por palabra la burla del versículo 8.

Piensa en la ironía. Eran expertos en las Escrituras. Habían leído y cantado este salmo cientos de veces. Y en el momento de su cumplimiento, sin darse cuenta, se convirtieron en los personajes que el salmo describe. Así de ciego puede quedar el corazón religioso cuando no reconoce a Cristo.

Rodeado por los “perros”

“Porque perros me han rodeado; me ha cercado cuadrilla de malignos.” (Salmo 22:16a, RVR60)

Antes de llegar a las manos y los pies, el salmo describe un cerco. Primero “toros de Basán” (v. 12), animales famosos por su fuerza, y luego “perros”.

En la cultura judía de la época, perros era una forma despectiva de referirse a los gentiles, a los que no pertenecían al pueblo de Dios. Y fueron precisamente soldados romanos, gentiles, los que rodearon a Jesús y lo clavaron en la cruz, mientras los líderes de su propio pueblo, los “toros” poderosos, lo empujaban a ese destino.

”Horadaron mis manos y mis pies”

“Horadaron mis manos y mis pies.” (Salmo 22:16b, RVR60)

Aquí es donde el Salmo 22 deja de parecerse a cualquier otro lamento.

La forma de ejecución en Israel era la lapidación. La crucifixión no se conocía en tiempos de David, ni en Israel ni en los pueblos vecinos. Los historiadores la atribuyen siglos más tarde a los persas, y fueron los romanos quienes la convirtieron en su castigo más cruel y humillante.

Y aun así, David describe a alguien rodeado de enemigos, con las manos y los pies perforados.

Una nota sobre el texto

Si comparas traducciones, quizás notes algo curioso. En el texto hebreo que tenemos hoy (el masorético), este verso puede leerse como “como un león, mis manos y mis pies”. La diferencia en hebreo es de una sola letra muy parecida.

Pero la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento que hicieron eruditos judíos siglos antes de Cristo, ya lo traducía con el sentido de horadar o perforar. Y un fragmento del salmo hallado en el desierto de Judea, cerca del mar Muerto, apunta también a un verbo. Los traductores de la RVR60 y de la mayoría de las versiones evangélicas siguieron esa lectura.

Es decir, no fueron los cristianos quienes “acomodaron” el texto. Judíos que vivieron antes de Jesús ya lo entendían así.

Las marcas de los clavos

Después de la resurrección, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy” (Lucas 24:39, RVR60).

Tomás, que no estaba ese día, se negó a creer: “Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré” (Juan 20:25). Ocho días después, Jesús lo invitó a hacer exactamente eso (Juan 20:27).

Las heridas que David describió mil años antes seguían ahí, en el cuerpo resucitado. Y siguen ahí. Juan lo vio en el cielo como “un Cordero como inmolado” (Apocalipsis 5:6).

Un cuerpo que se desarma

“He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas.” (Salmo 22:14, RVR60)

“Contar puedo todos mis huesos; entre tanto, ellos me miran y me observan.” (Salmo 22:17, RVR60)

Estos versículos describen con una precisión estremecedora lo que provoca la crucifixión.

El cuerpo colgaba de los brazos durante horas. Las articulaciones de los hombros y los codos se estiraban hasta dislocarse. La víctima, desnuda, quedaba tan expuesta que se le marcaban los huesos. Y alrededor, la gente miraba. Lucas lo dice así: “Y el pueblo estaba mirando” (Lucas 23:35).

David estaba describiendo, sin saberlo, una muerte que todavía no existía.

”Mi lengua se pegó a mi paladar”

“Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua se pegó a mi paladar, y me has puesto en el polvo de la muerte.” (Salmo 22:15, RVR60)

Un tiesto es un pedazo de barro cocido, seco y quebradizo. Esa es la imagen de un cuerpo que se ha quedado sin agua.

Jesús llevaba toda la noche sin dormir, había sido azotado con un látigo romano, había perdido mucha sangre y llevaba horas bajo el sol. La deshidratación debió de ser terrible. Por eso, casi al final, dijo una de sus frases más humanas:

“Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, para que la Escritura se cumpliese: Tengo sed.” (Juan 19:28, RVR60)

Fíjate en la frase “para que la Escritura se cumpliese”. Aun en la agonía, Jesús estaba atento a cada detalle de lo que se había escrito de Él. No era una víctima arrastrada por los acontecimientos. Era el Hijo cumpliendo, punto por punto, la voluntad del Padre.

Vinagre para su sed

Aunque esta profecía no está en el Salmo 22, sino en el 69, está tan unida a la escena anterior que vale la pena verlas juntas:

“Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre.” (Salmo 69:21, RVR60)

Antes de crucificarlo le ofrecieron vino mezclado con hiel, una bebida amarga que funcionaba como un narcótico para atenuar el dolor. Jesús lo probó, pero no quiso tomarlo (Mateo 27:34). Iba a beber la copa del sufrimiento completa, sin anestesia.

Ya en la cruz, cuando dijo “Tengo sed”, empaparon una esponja en vinagre, la pusieron en un hisopo y se la acercaron a la boca (Juan 19:29).

El hisopo es un detalle que no quiero que se te escape. Era la planta que los israelitas usaron en Egipto para untar la sangre del cordero de la Pascua en sus puertas (Éxodo 12:22). En la cruz, el verdadero Cordero de la Pascua estaba muriendo.

Inmediatamente después, Jesús dijo: “Consumado es” (Juan 19:30). Una sola palabra en griego, tetélestai, que se usaba también para indicar que algo se había completado o una deuda había quedado saldada.

”Repartieron entre sí mis vestidos”

“Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” (Salmo 22:18, RVR60)

A primera vista parece un detalle menor. Pero es uno de los más precisos de todo el salmo.

Fíjate que el versículo habla de dos acciones distintas: repartir los vestidos y echar suertes sobre la ropa. Juan, que estaba ahí, nos cuenta exactamente cómo pasó:

“Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo. Entonces dijeron entre sí: No la partamos, sino echemos suertes sobre ella, a ver de quién será. Esto fue para que se cumpliese la Escritura (…)” (Juan 19:23-24, RVR60)

Los soldados romanos no tenían idea de que existía un salmo hebreo sobre ellos. Simplemente estaban haciendo lo que hacían siempre con las pertenencias de los ejecutados. Y sin saberlo, cumplieron al pie de la letra una profecía de mil años.

Así de soberano es Dios. Usa incluso las decisiones más rutinarias de gente que ni siquiera lo conoce.

Del grito a la alabanza

Muchos se quedan con la primera mitad del Salmo 22. Pero si te detienes ahí, te pierdes el final, que es glorioso.

En el versículo 22, el tono cambia por completo:

“Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré.” (Salmo 22:22, RVR60)

¿Sabes quién dice estas palabras, según el Nuevo Testamento? Jesús. La carta a los Hebreos las pone en su boca y explica que, por su obra en la cruz, Cristo “no se avergüenza de llamarlos hermanos” (Hebreos 2:11-12).

Y el salmo sigue ensanchándose:

“Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra, y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti.” (Salmo 22:27, RVR60)

Un salmo judío anunciando que gente de todas las naciones adoraría al Dios de Israel. Eso es exactamente lo que ha pasado en los últimos dos mil años, gracias a la cruz. Tú y yo, leyendo esto en español en este lado del mundo, somos parte de ese cumplimiento.

Y el último versículo cierra así:

“Vendrán, y anunciarán su justicia; a pueblo no nacido aún, anunciarán que él hizo esto.” (Salmo 22:31, RVR60)

Él hizo esto. No nosotros. Él. Varios comentaristas han notado lo cerca que está esa frase del “Consumado es” de la cruz. La salvación es una obra terminada, hecha por Dios, que se anuncia a las generaciones que vienen.

Lo que el Salmo 22 nos enseña hoy

Puedes ser honesto con Dios en el dolor

Hay enseñanzas hoy en día que te dicen que nunca debes decir nada “negativo”, que tus palabras crean realidades y que expresar tu dolor es falta de fe. El Salmo 22 desmiente todo eso.

David le dijo a Dios con toda franqueza: “¿Por qué me has desamparado?”. Y Jesús, el hombre de fe más perfecto que ha existido, oró con esas mismas palabras.

El lamento no es falta de fe. Es fe que se niega a soltar a Dios aun cuando no lo entiende. Fíjate que el grito no es “no hay Dios”, sino “Dios mío”. Puedes llevarle a Él tus preguntas más duras. La Biblia está llena de oraciones así.

Mira el precio

Cada versículo del Salmo 22 es un recordatorio de lo que costó nuestra salvación. Los clavos, la sed, la vergüenza, las burlas y, sobre todo, ese abandono que solo Él conoce.

Cuando sientas que tu pecado no es para tanto, o que la gracia de Dios es algo barato, vuelve a leer este salmo. Ahí está la factura completa, pagada por otro.

La oscuridad no es el final

El Salmo 22 empieza con un grito en la noche y termina con naciones enteras adorando. La cruz tampoco fue el final: tres días después, la tumba estaba vacía.

Si hoy estás en la primera mitad de tu propio Salmo 22, sintiendo que Dios está lejos y que nadie responde, no cierres el libro todavía. El mismo Dios que respondió a su Hijo con la resurrección sigue siendo fiel. La aurora llega.

Un salmo que sigue hablando

David escribió un lamento. Mil años después, Jesús lo gritó desde la cruz. Y dos mil años después, tú y yo lo leemos sabiendo exactamente de quién hablaba.

Te propongo algo para esta semana: lee el Salmo 22 completo en voz alta, despacio. Y cuando llegues al versículo 31, detente en esas tres palabras: Él hizo esto.

Por ti.


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