Al final de las películas pasan los créditos. Casi nadie se queda a verlos.
Los nombres de los protagonistas aparecen al principio, en letras grandes. Pero después vienen cientos de nombres pequeños que suben rápido por la pantalla: los que cargaron cables, cosieron vestuarios, ajustaron luces a las tres de la mañana. Sin ellos no habría película. Y aun así, casi nadie sabe quiénes son.
Hebreos 11 tiene algo parecido.
Es el capítulo que muchos llaman el “Salón de la Fama de la Fe”. Ahí desfilan los grandes nombres: Abel, Noé, Abraham, Sara, Moisés, Rahab, Gedeón, David. Hombres y mujeres que por la fe hicieron cosas extraordinarias.
Pero si sigues leyendo hasta el final, después de los nombres grandes aparecen otros. No tienen nombre. Solo se nos dice lo que sufrieron. Y, sin embargo, Dios los puso en la misma lista.
Hoy quiero que nos quedemos un rato con ellos, en Hebreos 11:35-40. Porque, honestamente, se parecen mucho más a ti y a mí.
Una lista que cambia de tono
Antes de llegar a los anónimos, el autor de Hebreos hace una pausa. Parece que se le acaba el espacio:
“¿Y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas.” (Hebreos 11:32, RVR60)
Y entonces resume a toda velocidad lo que lograron por la fe: conquistaron reinos, taparon bocas de leones, apagaron fuegos, escaparon del filo de la espada, pusieron en fuga a ejércitos enteros (vv. 33-34).
Hasta aquí, todo suena a victoria. Es la parte del capítulo que más nos gusta predicar.
Pero en la mitad del versículo 35 aparece una palabra pequeña que lo cambia todo: “mas otros”.
“Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección; mas otros fueron atormentados, no aceptando el rescate, a fin de obtener mejor resurrección.” (Hebreos 11:35, RVR60)
Por la fe, unos escaparon de la espada. Por la misma fe, otros murieron por la espada (v. 37). Unos taparon bocas de leones; otros terminaron en cuevas, perseguidos y con hambre.
Misma fe. Distinto desenlace. Y los dos grupos aparecen en el mismo capítulo, aprobados por el mismo Dios.
Esto debería hacernos desconfiar de cualquier mensaje que diga que la fe verdadera siempre termina en sanidad, prosperidad y victoria visible. Ese mensaje solo lee la primera mitad del capítulo.
Mujeres que recibieron a sus muertos
El versículo 35 comienza con una escena de esperanza: madres que recibieron a sus hijos de vuelta de la muerte.
El autor seguramente piensa en dos historias del Antiguo Testamento.
La viuda de Sarepta. Había compartido con el profeta Elías su último puñado de harina en plena sequía. Tiempo después, su único hijo enfermó y murió. Elías tomó al niño, clamó a Dios, y el niño volvió a vivir. Cuando se lo devolvió, ella dijo: “Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca” (1 Reyes 17:24, RVR60).
La mujer sunamita. Una mujer que había hospedado al profeta Eliseo y que recibió un hijo como regalo de Dios cuando ya no lo esperaba. Años después, el niño murió en sus brazos. Ella no se rindió: fue a buscar a Eliseo, y Dios le devolvió a su hijo con vida (2 Reyes 4:18-37).
Cuando algo en tu vida ha muerto
Quizás no estás velando a un hijo. Pero tal vez has visto morir otras cosas: un matrimonio que se enfrió hasta el silencio, la relación con un hijo que ya no te habla, un sueño en el que invertiste años.
Estas mujeres nos recuerdan que para Dios no hay nada tan muerto que Él no pueda devolverle la vida. Si Él lo quiere, puede restaurar lo que tú ya enterraste. Vale la pena seguir llevándole esas cosas en oración, con la insistencia de la sunamita.
Pero no me quiero detener ahí, porque el versículo no se detiene ahí. Inmediatamente después dice: mas otros.
”No aceptando el rescate”
Hay creyentes que no recibieron a sus muertos de vuelta. Que fueron torturados y se les ofreció una salida, pero no la tomaron.
La palabra que se traduce como “atormentados” describe una forma específica de tortura de la época, en la que la víctima era estirada o golpeada hasta la muerte. Muchos estudiosos creen que el autor tiene en mente lo ocurrido en tiempos de los Macabeos, unos dos siglos antes de Cristo, cuando el rey Antíoco Epífanes intentó obligar a los judíos a abandonar la ley de Dios.
Los relatos de esa época, que no forman parte de nuestra Biblia pero sí de la historia judía, cuentan de un anciano llamado Eleazar y de una madre con siete hijos. A todos se les ofreció la libertad si comían carne prohibida y renegaban de su fe. No aceptaron. Y murieron confiando en que Dios los resucitaría.
Eso es lo que significa “no aceptando el rescate”. La puerta de salida estaba abierta. Solo tenían que negar a Dios. Y prefirieron quedarse.
¿Por qué? “A fin de obtener mejor resurrección”. Los niños de Sarepta y de Sunem volvieron a la vida, pero más tarde volvieron a morir. Estos mártires esperaban algo mejor: la resurrección definitiva, a una vida que ya no termina.
Es la misma fe de los tres jóvenes frente al horno de Babilonia: “nuestro Dios a quien servimos puede librarnos (…) Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses” (Daniel 3:17-18, RVR60). Esas dos palabras, y si no, son el corazón de los otros héroes de la fe.
Azotados, encarcelados, olvidados
“Otros experimentaron vituperios y azotes, y a más de esto prisiones y cárceles.” (Hebreos 11:36, RVR60)
No se nos dan nombres, pero la Biblia nos deja reconocer algunas caras.
Jeremías: el profeta en el lodo
Jeremías pasó cuarenta años predicando un mensaje que nadie quería escuchar. Lo azotaron y lo pusieron en el cepo (Jeremías 20:2). Lo encarcelaron (Jeremías 37:15). Y en uno de sus peores momentos lo bajaron con sogas a una cisterna sin agua, “y se hundió Jeremías en el cieno” (Jeremías 38:6, RVR60).
Imagínate ahí abajo, en la oscuridad, con lodo hasta la cintura, por haber dicho la verdad. Jeremías nunca vio a su pueblo arrepentirse. Y sigue siendo uno de los profetas más fieles que han existido.
Micaías: pan de angustia
Cuatrocientos profetas le decían al rey Acab exactamente lo que quería oír: “Sube, que vas a ganar”. Solo uno, Micaías, se negó a seguir el guion y le anunció la derrota. Le dieron una bofetada (1 Reyes 22:24), y el rey ordenó: “Poned a éste en la cárcel, y mantenedle con pan de angustia y con agua de aflicción” (1 Reyes 22:27, RVR60).
Es fácil ser un profeta más entre cuatrocientos. Lo difícil es ser el único que dice la verdad.
Juan el Bautista: una cabeza en una bandeja
Aunque Hebreos piensa sobre todo en los santos del Antiguo Testamento, es imposible no pensar en Juan el Bautista, el último de esa línea de profetas. Le dijo al rey Herodes que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Por eso terminó encarcelado y decapitado, y su cabeza fue entregada en una bandeja durante una fiesta (Mateo 14:3-12).
Jesús dijo de él que no había otro mayor entre los nacidos de mujer (Mateo 11:11). Y aun así, murió solo en una celda, por el capricho de una fiesta. Dios no lo libró. Y no por eso dejó de ser grande.
Perpetua: la madre que no negó su nombre
La lista no terminó con la Biblia. El libro de los Hechos ya nos muestra a la iglesia primitiva perseguida, y la historia sigue después.
En el año 203, en Cartago, al norte de África, una joven de unos veintidós años llamada Perpetua fue arrestada por ser cristiana. Tenía un bebé de pecho. Estando presa escribió un diario que todavía se conserva.
Su padre, que no era creyente, la visitó varias veces llorando, suplicándole que negara su fe por amor a él y a su hijo. Ella le señaló una vasija que había en la celda y le preguntó si podía llamarla con otro nombre que no fuera el suyo. Él dijo que no. “Así tampoco yo puedo llamarme otra cosa que lo que soy: cristiana”.
Murió en la arena junto con otros creyentes, entre ellos Felicidad, una esclava que había dado a luz en la cárcel pocos días antes. A los ojos del mundo, dos mujeres insignificantes. A los ojos de Dios, de las que “el mundo no era digno”.
Apedreados, aserrados, errantes
“Fueron apedreados, aserrados, puestos a prueba, muertos a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de ovejas y de cabras, pobres, angustiados, maltratados; de los cuales el mundo no era digno; errando por los desiertos, por los montes, en las cuevas y en las cavernas de la tierra.” (Hebreos 11:37-38, RVR60)
Apedreados. Zacarías, hijo del sacerdote Joiada, se paró frente al pueblo y les dijo que habían abandonado a Dios. Por orden del rey Joás, al que su propio padre había protegido y puesto en el trono, lo apedrearon en el atrio del templo (2 Crónicas 24:20-22). Jesús lo recordaría siglos después como uno de los profetas asesinados (Lucas 11:51).
Aserrados. No hay ningún relato bíblico sobre esto, pero una tradición judía muy antigua cuenta que el profeta Isaías, ya anciano, se escondió en el tronco de un árbol huyendo del rey Manasés, y que el rey ordenó cortar el árbol con él adentro. Es probable que el autor de Hebreos pensara en esa historia.
Errando por cuevas. En tiempos de la reina Jezabel, un hombre llamado Abdías escondió a cien profetas en dos cuevas y los alimentó con pan y agua para que no los mataran (1 Reyes 18:4). El mismo Elías, vestido con ropa de pelo (2 Reyes 1:8), terminó huyendo y escondido en una cueva (1 Reyes 19:9).
Vestidos con pieles de animales. Sin casa. Escondidos en cuevas. Así vivían algunos de los hombres más fieles a Dios de la historia.
”El mundo no era digno de ellos”
Esa frase, metida como un paréntesis en medio de la lista, me parece de las más hermosas de la Biblia.
El mundo los trató como basura. Los echó, los persiguió, los mató. Pero Dios da la vuelta al juicio: el problema no era que ellos no merecieran estar en el mundo. Era que el mundo no los merecía a ellos.
¿Y nosotros?
Es fácil leer todo esto y pensar: “bueno, a mí nadie me va a apedrear por ser cristiano”.
Y es probable que sea cierto para muchos de los que leemos este blog. Pero vale la pena recordar que, ahora mismo, millones de hermanos en distintos países siguen viviendo Hebreos 11:36 al pie de la letra: cárcel, golpes, exilio, muerte. La Biblia nos pide que no los olvidemos: “Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos” (Hebreos 13:3).
Y para quienes no enfrentamos esa persecución, la pregunta cambia de forma, pero no desaparece.
La presión que no se ve
A nosotros no nos ofrecen un rescate a cambio de negar a Cristo frente a un tribunal. Nos lo ofrecen de maneras mucho más sutiles.
Lo negamos cuando nos reímos del chiste que no deberíamos. Cuando callamos en la oficina para no parecer “fanáticos”. Cuando cedemos a la presión del grupo, o adoptamos sin pensarlo cualquier moda que contradice la Palabra. Cuando ajustamos nuestras convicciones para no perder un ascenso, una amistad o unos cuantos seguidores.
Pablo nos lo advierte: “No os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2). Y también nos recuerda que no es un riesgo hipotético: “todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12, RVR60).
Así que la pregunta sigue en pie: ¿qué tan firme es mi fe? ¿Hasta dónde estoy dispuesto a ir contra la corriente?
Si a Perpetua le pidieron negar su nombre con un bebé en brazos y no lo hizo, ¿qué es lo que a mí me está costando tanto sostener?
La promesa que no vieron
Y llegamos al final del capítulo, que es quizás lo más sorprendente de todo:
“Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido; proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros.” (Hebreos 11:39-40, RVR60)
Todos éstos. No solo los anónimos. También Abraham, Moisés y David. Ninguno vio con sus ojos el cumplimiento completo de lo que Dios había prometido. Unos versículos antes, el autor ya lo había dicho: murieron “sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo” (Hebreos 11:13).
Saludándolo de lejos. Como quien ve llegar un barco desde la orilla y lo saluda, aunque todavía no ha atracado.
¿Qué es eso “mejor” que tenemos nosotros?
Ellos esperaban al Mesías. Nosotros sabemos su nombre. Ellos vivían con sacrificios que se repetían una y otra vez; nosotros tenemos el sacrificio perfecto de Cristo, hecho una vez para siempre. Lo que ellos miraban de lejos, nosotros lo hemos visto cumplido en Jesús.
Pero fíjate en la última frase: para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros. Dios no los está haciendo esperar por capricho. Los está esperando a ellos y a nosotros para llevarnos a todos juntos a la meta: la resurrección, la gloria completa, el día en que veremos su rostro.
Ellos no se adelantan. Nosotros no nos quedamos atrás. Llegaremos todos juntos.
Cuando la promesa no llega
Esto tiene una aplicación muy práctica.
Quizás llevas años orando por algo que no llega. La salvación de un familiar. Una sanidad. Un cambio en tu situación. Y empiezas a preguntarte si Dios te escucha, o si tu fe es demasiado débil.
Hebreos 11 te da otra perspectiva. Los héroes más grandes de la fe también murieron sin ver todo lo que esperaban. Y Dios no dijo que hubieran fallado. Dijo que “alcanzaron buen testimonio mediante la fe”.
No ver la respuesta no significa que tu fe no valga. Dios tiene la última palabra, y su calendario es más largo que nuestra vida. Algunas de las semillas que siembras en oración hoy las verán florecer tus hijos o tus nietos. Y lo que no veas aquí, lo verás allá.
Una nube de testigos
El capítulo 11 no termina en el versículo 40. En la Biblia original no había divisiones de capítulos, y el autor sigue sin pausa:
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.” (Hebreos 12:1-2, RVR60)
Imagina un estadio lleno. En las gradas están Abraham, Moisés y David. Pero también la viuda de Sarepta, Jeremías con el lodo todavía en la ropa, Micaías, Zacarías, Perpetua y miles de nombres que no conocemos. Todos ellos terminaron la carrera. Y ahora la estás corriendo tú.
No están ahí para juzgarte. Su vida es el testimonio de que se puede llegar a la meta. Y por encima de todos ellos está Jesús, que corrió la carrera más dura de todas: soportó la cruz y ahora está sentado a la diestra del trono de Dios.
Tu nombre también está escrito
Quizás nunca escribas un libro, ni prediques en un estadio, ni salgas en las noticias. Quizás tu fe se vive en una cocina, en un hospital, en una oficina, cuidando a un familiar enfermo o luchando cada mañana contra la ansiedad.
Las batallas de los otros héroes de la fe se parecen mucho a las nuestras:
- La lucha contra la duda y el miedo.
- La fidelidad cuando ser cristiano tiene un costo.
- La perseverancia en medio de la enfermedad, de las deudas, de la soledad.
Tu nombre no aparece en Hebreos 11. Pero eso no significa que Dios no lo conozca. Cuando los discípulos volvieron emocionados porque los demonios se les sujetaban, Jesús les dijo: “regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos” (Lucas 10:20).
Para ser grande en el Reino de Dios no necesitas fama. Necesitas fidelidad.
Así que cuando sientas que tu batalla es demasiado dura, o que vas perdiendo, acuérdate de estos hermanos sin nombre. Dios los sostuvo hasta el final, y también te sostendrá a ti. Pablo, que conocía bien las cárceles y los azotes, lo dijo así:
“Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18, RVR60)
Los créditos siguen pasando. Y Dios no se pierde ni un solo nombre.