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El amor de Dios, nuestro Padre eterno: una oración en Efesios 3

Pablo estaba preso cuando escribió estas palabras.

Probablemente encadenado a un soldado romano, sin saber si saldría vivo, con una larga lista de motivos para pedir por sí mismo. Y aun así, cuando se arrodilla a orar, no pide su libertad. Pide que unos creyentes en Éfeso, a cientos de kilómetros, logren entender cuánto los ama Dios.

Esa oración está en Efesios 3:14-21. Es uno de los pasajes más hermosos de todo el Nuevo Testamento, y creo que es también una de las oraciones que más necesitamos que se cumpla en nosotros.

Porque una cosa es saber que Dios nos ama. Otra muy distinta es vivir como alguien que lo sabe.

De rodillas ante el Padre

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra.” (Efesios 3:14-15, RVR60)

Hay dos detalles en este primer versículo que es fácil pasar de largo.

”Doblo mis rodillas”

En la tradición judía lo común era orar de pie. Lo vemos en los evangelios: el fariseo y el publicano oraban de pie en el templo (Lucas 18:11-13). Arrodillarse se reservaba para los momentos de especial urgencia o reverencia.

Pablo no está haciendo una oración rutinaria. Está postrado. Lo que va a pedir le importa tanto que necesita hacerlo de rodillas.

”Por esta causa”

¿Por qué causa? Hay que mirar hacia atrás. En los capítulos anteriores, Pablo ha explicado algo revolucionario para su época: que por medio de la cruz, judíos y gentiles, que se despreciaban mutuamente, ahora forman una sola familia. “Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19, RVR60).

Pablo ora porque Dios ha formado una familia. Y la oración comienza, precisamente, hablando del Padre.

El Padre de quien viene toda familia

En griego hay un juego de palabras que se pierde en la traducción: Padre se dice patér, y familia se dice patriá. Es como si Pablo dijera que toda paternidad, toda familia, lleva el nombre del Padre porque viene de Él.

Dios no es Padre porque se parezca a nuestros padres terrenales. Es al revés: la paternidad humana es apenas un reflejo, a veces muy borroso, de lo que Dios es.

La familia es parte del diseño original de Dios. Y por eso, cuando Él quiere mostrarnos su amor, no nos ofrece un contrato ni un club. Nos ofrece una familia.

Cuando “padre” duele

Sé que para algunos la palabra padre no trae buenos recuerdos. Quizás tu papá fue ausente, duro, violento o simplemente nunca estuvo. Si es tu caso, es posible que te cueste pensar en Dios como Padre sin que algo dentro se encoja.

Quiero decirte esto con cariño: Dios no es una copia ampliada de tu padre terrenal. Es el original. Todo lo que tu papá debió ser y no fue, Dios sí lo es. El salmista lo entendió así: “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá” (Salmo 27:10, RVR60).

Un hijo de Dios puede vivir confiado: aunque lleguen días de adversidad, no está solo. Tiene un Padre que lo ama y lo cuida.

Un amor que fortalece por dentro

“Para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor…” (Efesios 3:16-17, RVR60)

Fíjate en lo que Pablo pide primero. No pide que sus lectores tengan circunstancias más fáciles. Pide que sean fortalecidos por dentro.

A veces oramos para que Dios cambie lo que nos rodea, y está bien. Pero muchas veces lo que Dios quiere hacer es cambiar lo que hay en nosotros, para que podamos atravesar lo que nos rodea.

Y la medida de ese fortalecimiento es generosa: “conforme a las riquezas de su gloria”. No según lo que tú tienes, ni según lo que mereces. Según lo que Él tiene, que es inagotable.

Que Cristo se instale en casa

La palabra que Pablo usa para “habite” no describe una visita de fin de semana. Describe a alguien que se instala de forma permanente, que deja de ser huésped y pasa a ser el dueño de casa.

Pablo está escribiendo a creyentes. Cristo ya está en ellos. Lo que pide es que Cristo se sienta cada vez más en casa en sus corazones: en cada habitación, incluso en las que preferiríamos mantener cerradas.

Raíces y cimientos

Luego Pablo usa dos imágenes: arraigados, como un árbol, y cimentados, como un edificio.

Un árbol con raíces profundas no se cae con el primer viento. Una casa con buenos cimientos no se derrumba con el primer temblor. Y aquí en Guatemala sabemos bien lo que eso significa.

Pablo dice que la tierra donde echamos raíces, y la roca sobre la que se construye la vida del creyente, es el amor de Dios. No nuestro rendimiento, no nuestro estado de ánimo, no la aprobación de los demás.

No somos huérfanos

Ese amor nos da identidad. No somos huérfanos espirituales tratando de ganarnos un lugar en la mesa. Somos hijos.

“Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” (Romanos 8:15, RVR60)

Abba es una palabra aramea, la forma cercana y confiada con la que un hijo se dirigía a su padre. Es la misma palabra que Jesús usó en Getsemaní (Marcos 14:36). Por medio de Cristo, nosotros podemos hablarle a Dios con esa misma confianza.

En el mundo romano, un hijo adoptado recibía todos los derechos de un hijo natural: el apellido, la herencia, el lugar en la familia. Su vida anterior quedaba atrás. Eso es lo que Dios hace con nosotros.

Pero vale la pena ser claros: según la Biblia, no todos son hijos de Dios de manera automática. Todos somos sus criaturas, pero la adopción llega por medio de Cristo: “a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12, RVR60).

Y quien ha sido adoptado así puede enfrentar la vida sin el miedo de un esclavo que teme ser echado de la casa.

Un amor que no cabe en la cabeza

“…seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios.” (Efesios 3:18-19, RVR60)

Lee otra vez lo que pide Pablo: que conozcamos un amor que excede a todo conocimiento. Parece una contradicción. ¿Cómo se conoce algo que no se puede conocer?

Es como estar frente al mar. Puedes meter los pies, nadar, pasar un día entero en la playa. Conoces el mar de verdad. Pero nunca podrás decir que lo abarcaste completo. Siempre hay más.

Cuatro dimensiones

Pablo usa cuatro medidas: anchura, longitud, profundidad y altura. No está dando una fórmula geométrica. Está diciendo que lo midas por donde lo midas, el amor de Cristo no se termina:

Y fíjate en un detalle: “con todos los santos”. Este amor no se aprende en solitario. Lo vamos comprendiendo juntos, en la familia de la fe, cuando vemos cómo Dios ha amado a otros y cuando nos amamos unos a otros.

No depende de ti

Si hay algo que este amor no es, es un premio por buen comportamiento.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” (Romanos 5:8, RVR60)

No esperó a que mejoráramos. Nos amó en nuestro peor momento.

El padre que corrió

La parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-32) lo pinta mejor que cualquier explicación.

Un hijo le pide a su padre la herencia en vida, que en esa cultura era casi como decirle “ojalá estuvieras muerto”. Se va lejos, lo despilfarra todo y termina cuidando cerdos, el oficio más humillante para un judío. Cuando decide volver, ya tiene preparado su discurso: “ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”.

Pero el padre lo ve de lejos y hace algo que ningún hombre respetable de esa época haría: corre. Se levanta la túnica, se olvida de su dignidad y corre por el camino hasta abrazarlo (Lucas 15:20). Ni siquiera lo deja terminar el discurso. Le pone el mejor vestido, un anillo, calzado, y organiza una fiesta.

Así es Dios con nosotros. Nos busca, nos perdona y nos restaura.

Si alguna vez has sentido que no mereces el amor de Dios, tienes razón: no lo mereces. Ninguno de nosotros lo merece. Por eso se llama gracia. Su amor es más grande que cualquiera de tus errores.

Un amor que no es un trueque

El mundo ha desfigurado tanto la palabra amor que a veces ya no sabemos qué significa. Lo hemos reducido a una emoción que va y viene, o a un intercambio: te amo mientras me hagas sentir bien, mientras me des algo a cambio. Y si recibo menos de lo que doy, me voy.

El amor de Dios es de otra categoría. Da sin calcular. Se entrega sin garantías de ser correspondido. Juan lo resume así: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10, RVR60).

En ese amor podemos descansar. Y ese es también el amor que estamos llamados a dar a nuestra esposa, a nuestros hijos, a nuestros hermanos: “Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero” (1 Juan 4:19).

Un amor que nunca falla

“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén.” (Efesios 3:20-21, RVR60)

Pablo termina su oración con una explosión de alabanza. Es como si, después de pedir tanto, se diera cuenta de que se quedó corto, y dijera: “Dios puede hacer mucho más que todo esto”.

Cuidado con cómo leemos este versículo

Efesios 3:20 es uno de los versículos favoritos de los predicadores de la prosperidad. Lo usan para prometer casas más grandes, mejores carros y cuentas bancarias “más abundantes de lo que pides”.

Pero mira el contexto. Pablo acaba de pedir fortaleza interior, que Cristo habite en nosotros, que comprendamos su amor y que seamos llenos de la plenitud de Dios. Eso es lo que Dios puede hacer “mucho más abundantemente”. Y lo hace “según el poder que actúa en nosotros”, no en nuestra billetera.

Además, la meta de todo no es nuestra comodidad. Es esta: “a él sea gloria”.

Dios sí actúa a nuestro favor. Pero lo más abundante que puede darnos no es una cosa. Es Él mismo.

Cuando la respuesta es “no”

Dios no solo nos ama con palabras: actúa. Aunque a veces no entendamos sus planes, podemos confiar en que “a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28).

Y a veces, ese bien incluye corrección. Como cualquier buen padre, Dios disciplina a sus hijos. No porque nos rechace, sino justamente porque nos ama: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6, RVR60). Si un padre terrenal corrige a sus hijos por amor, ¡cuánto más nuestro Padre eterno, que quiere tenernos a su lado para siempre!

Nuestro entendimiento es limitado. Muchas veces no logramos ver lo que Dios está haciendo. Por eso, cuando algo no sale como esperábamos, cuando una oración no recibe la respuesta que queríamos, podemos descansar en esto: estamos bajo el cuidado de un Padre que sabe lo que es mejor.

Jesús lo dijo así: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:11, RVR60).

Y pase lo que pase, hay algo que no cambia:

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” (Romanos 8:38-39, RVR60)

Vivir como un hijo amado

Entender la grandeza del amor de Dios no es solo una idea bonita para el domingo. Cambia la manera en que vivimos de lunes a sábado.

Confiar cuando las cosas se ponen difíciles

Un niño que sabe que su papá lo ama no entra en pánico cada vez que algo sale mal. Sabe que no está solo. Cuando llegue la prueba, la pregunta no es “¿todavía me ama Dios?”. Esa ya está respondida en la cruz.

Dejar de buscar amor en lugares equivocados

Mucho de lo que hacemos, incluso lo que nos daña, es una búsqueda desesperada de amor y aceptación: relaciones que nos destruyen, la necesidad de aprobación en redes sociales, el trabajo que se convierte en ídolo. Cuando sabes que ya eres amado por el Dios del universo, ya no necesitas mendigar ese amor en lugares que nunca lo van a dar.

Recordar quién eres

Tu identidad no está en tu cargo, en tu cuenta bancaria, en tu apariencia ni en tus fracasos. Está en Cristo. “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios” (1 Juan 3:1, RVR60).

Reflejar ese amor

Lo que recibimos gratis, lo damos gratis. Jesús dijo que el mundo reconocería a sus discípulos precisamente por esto: por cómo se aman unos a otros (Juan 13:35).

Vidas que el amor cambió

La Biblia está llena de personas a quienes el amor de Dios les dio la vuelta por completo.

Pablo, el mismo que escribió esta oración, había perseguido a la iglesia con furia. Después se llamaría a sí mismo “el primero” de los pecadores, y diría que justamente por eso Dios tuvo misericordia de él: para mostrar en él toda su paciencia (1 Timoteo 1:15-16).

María Magdalena había sido liberada de siete demonios (Lucas 8:2). Pasó de esa esclavitud a ser la primera persona en ver a Jesús resucitado (Juan 20:11-18).

Zaqueo era un cobrador de impuestos rico y odiado por todos. Jesús lo llamó por su nombre y se invitó a su casa. Ese día, Zaqueo devolvió lo que había robado multiplicado por cuatro y repartió la mitad de sus bienes (Lucas 19:1-10).

Ninguno de ellos cambió para que Dios los amara. Cambiaron porque Dios los amó primero.

La plenitud que no se compra

Vivimos en una época que nos repite que somos suficientes. Que la plenitud está en conocerte a ti mismo, en alcanzar tus metas, en tu propio potencial. Se ve en las redes, en los libros de autoayuda, en los gurús y “coaches de vida” que prometen una vida plena en diez pasos.

En el fondo, es una mentalidad que pone al ser humano en el centro. Y por eso nunca termina de llenar.

Ojo, no digo que toda ayuda humana sea mala. Un buen consejero, un pastor sabio o un psicólogo competente pueden ser herramientas que Dios usa, sobre todo cuando atravesamos una depresión, un trauma o una ansiedad que nos supera. Buscar ayuda no es falta de fe.

Pero ninguna técnica, ningún motivador y ninguna terapia puede darte lo que Pablo pide en esta oración: ser lleno de toda la plenitud de Dios. Esa plenitud no depende de tu estado de ánimo ni se alcanza con esfuerzo. Llega cuando rindes tu vida a Dios y descubres que eres su hijo, amado como nadie te ha amado nunca.

Agustín de Hipona lo expresó hace más de mil quinientos años en una frase que sigue siendo verdad: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.

Si sientes que a tu vida le falta sentido, que te falta propósito, entrégasela al Padre. Él puede renovarte, transformarte y darle a tu vida un sentido nuevo.

Vuelve a esta oración

El amor de Dios no depende de lo que hacemos, sino de quién es Él. Por eso no se rompe, no se agota y no se termina.

Los días en que dudes de tu valor, los días en que sientas que fallaste otra vez, los días en que la prueba sea más grande que tus fuerzas, vuelve a Efesios 3:14-21. Léelo despacio. Y si puedes, haz lo mismo que Pablo: dobla las rodillas.

Pero esta vez, ora esas palabras por ti. Pídele al Padre que te ayude a comprender, aunque sea un poco más, la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de su amor.

No estás solo. Tienes un Padre. Y te ama más de lo que jamás podrás entender.


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