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Jesucristo en el Antiguo Testamento: 24 profecías que anunciaron al Mesías

Hay una escena en el Evangelio de Lucas que me encanta.

Es domingo por la tarde. Dos discípulos caminan de Jerusalén a Emaús con el corazón hecho pedazos. Su Maestro había muerto en una cruz tres días antes, y con Él, pensaban, se habían muerto también todas sus esperanzas.

Entonces un desconocido se une a la caminata. Es Jesús resucitado, aunque ellos todavía no lo reconocen. ¿Y qué hace? No les muestra las heridas de sus manos. No hace un milagro espectacular. Abre la Biblia que ellos ya tenían:

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:27, RVR60)

Más tarde, ellos mismos lo dirían así: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32).

Esa es la invitación de este artículo: caminar un rato por el Antiguo Testamento y descubrir, como esos dos discípulos, que Cristo estaba ahí desde mucho antes de Belén.

Un solo libro, una sola historia

La Biblia son 66 libros, escritos por unos cuarenta autores a lo largo de unos 1.500 años. Pastores, reyes, pescadores, un médico, un cobrador de impuestos. Gente de tres continentes que escribió en hebreo, arameo y griego.

Humanamente hablando, eso debería ser un caos. Y, sin embargo, cuenta una sola historia.

El salmista lo resume en una frase corta: “La suma de tu palabra es verdad” (Salmo 119:160, RVR60). Fíjate en la palabra suma. No se trata de versículos sueltos que sacamos como frases motivacionales, sino de un todo que se entiende mejor cuando lo leemos completo.

¿Y cuál es el hilo que une todo ese tejido? Jesús mismo lo dijo:

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” (Juan 5:39, RVR60)

Cuando Jesús dijo esto, el Nuevo Testamento todavía no existía. Estaba hablando del Antiguo. Génesis, los Salmos, Isaías, Zacarías… todo eso, según Él, señala hacia Él.

Un Dios que firma con profecías

A lo largo de los siglos, la Biblia ha sido ridiculizada, prohibida, quemada y declarada obsoleta más veces de las que podemos contar. Aun así, sigue aquí. Y una de las razones de su vigencia es algo que pocos libros se atreven a hacer: anunciar el futuro con detalle.

Dios mismo lo presenta como su sello personal:

“Yo soy Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho.” (Isaías 46:9-10, RVR60)

Piénsalo así. Cualquiera puede predecir que mañana va a llover en temporada de lluvias. Eso es estadística, no profecía. Pero describir con siglos de anticipación cómo moriría una persona, quién la traicionaría y por cuánto dinero, qué harían con su ropa… eso ya no está al alcance de nadie.

Pocos libros sagrados, si es que hay alguno, contienen tantas predicciones específicas y verificables como la Biblia. Y el apóstol Pedro nos dice de dónde salen: “nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21, RVR60).

Antes de leer la lista: una nota honesta

No todas las profecías funcionan igual, y vale la pena saberlo antes de entrar.

Algunas son predicciones directas: el profeta describe algo que todavía no ha pasado. Otras son lo que los teólogos llaman tipos: una persona, un evento o una ceremonia del Antiguo Testamento que funciona como una sombra o un ensayo de lo que Cristo cumpliría por completo. El cordero de la Pascua, por ejemplo.

En ambos casos, no somos nosotros los que forzamos la conexión. Fueron Jesús y los apóstoles quienes leyeron estos pasajes así. Por eso, junto a cada profecía, encontrarás dónde se cumple en el Nuevo Testamento. Te animo a abrir tu Biblia y comprobarlo por ti mismo, como los de Berea (Hechos 17:11).

Hemos reunido aquí 24 profecías mesiánicas. No son todas las que hay; son las que tienen que ver con la traición, la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús.

La traición: anunciada mil años antes

1. Traicionado por un amigo cercano

“Aun el hombre de mi paz, en quien yo confiaba, el que de mi pan comía, alzó contra mí el calcañar.” (Salmo 41:9, RVR60)

David escribió esto sobre su propio dolor, pero Jesús lo citó en la última cena, hablando de Judas: “el que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar” (Juan 13:18). En aquella cultura, compartir el pan era señal de lealtad. La traición vino de la mesa misma.

2. Vendido por treinta piezas de plata

“Y pesaron por mi salario treinta piezas de plata.” (Zacarías 11:12-13, RVR60)

Treinta piezas de plata era el precio de un esclavo (Éxodo 21:32). Ese fue exactamente el precio que los principales sacerdotes le pagaron a Judas (Mateo 26:15). Y Zacarías añade un detalle desconcertante: el dinero terminaría arrojado en la casa de Jehová y destinado al alfarero. Eso es justo lo que ocurrió (Mateo 27:3-10).

El juicio: rechazado sin causa

3. Odiado sin razón

“Se han aumentado más que los cabellos de mi cabeza los que me aborrecen sin causa.” (Salmo 69:4, RVR60)

Jesús aplicó estas palabras a sí mismo: “Sin causa me aborrecieron” (Juan 15:25). Sanó enfermos, alimentó multitudes, perdonó pecadores. Y aun así, lo odiaron.

4. Los poderosos se unen contra Él

“Se levantarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido.” (Salmo 2:2, RVR60)

La palabra “ungido” en hebreo es Mashíaj, de donde viene “Mesías”. La iglesia primitiva vio el cumplimiento en Herodes y Poncio Pilato, dos rivales políticos que se pusieron de acuerdo para condenar a Jesús (Hechos 4:25-27; Lucas 23:12).

5. Abandonado por sus discípulos

“Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas.” (Zacarías 13:7, RVR60)

Jesús citó este versículo esa misma noche en el monte de los Olivos (Mateo 26:31). Horas después, cuando lo arrestaron, “todos los discípulos, dejándole, huyeron” (Mateo 26:56).

6. Golpeado en el rostro

“Con vara herirán en la mejilla al juez de Israel.” (Miqueas 5:1, RVR60)

El versículo siguiente, Miqueas 5:2, es el famoso anuncio de que el Mesías nacería en Belén. El mismo profeta que anunció su cuna anunció también sus golpes. Y así fue: los soldados “tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza” (Mateo 27:30).

7. Escupido y humillado

“Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos.” (Isaías 50:6, RVR60)

Fíjate en el verbo: di. No se lo arrebataron; Él se entregó. Mateo nos cuenta que “le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos” (Mateo 26:67).

La cruz: descrita antes de que existiera

Aquí hay algo que me sigue impresionando cada vez que lo leo. El Salmo 22 fue escrito por David alrededor del año 1000 a.C. La crucifixión como método de ejecución no aparecería sino siglos después, y los romanos la perfeccionarían mucho más tarde.

Y aun así, el Salmo 22 parece escrito al pie de la cruz.

8. Manos y pies horadados

“Horadaron mis manos y mis pies.” (Salmo 22:16, RVR60)

Después de resucitar, Jesús les mostró a sus discípulos las marcas de los clavos: “Mirad mis manos y mis pies” (Lucas 24:39; ver también Juan 20:25-27). Un dato interesante: la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento hecha por judíos siglos antes de Cristo, ya traducía este verso con la idea de “horadar”.

9. El grito de abandono

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1, RVR60)

Son las palabras exactas que Jesús clamó en la cruz (Mateo 27:46). Al citarlas, estaba señalando todo el salmo: “esto que están viendo es lo que David escribió”.

10. Burlas y desprecio

“Todos los que me ven me escarnecen; estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; sálvele, puesto que en él se complacía.” (Salmo 22:7-8, RVR60)

Lo que más asombra es que los mismos líderes religiosos, que conocían este salmo de memoria, repitieron casi palabra por palabra lo que dice: “Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere” (Mateo 27:39-43). Cumplieron la profecía sin darse cuenta.

11. Hiel y vinagre

“Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre.” (Salmo 69:21, RVR60)

Le ofrecieron vino mezclado con hiel antes de crucificarlo (Mateo 27:34), y ya en la cruz, cuando dijo “Tengo sed”, le acercaron una esponja empapada en vinagre (Juan 19:28-29).

12. El cuerpo deshecho

“He sido derramado como aguas, y todos mis huesos se descoyuntaron; mi corazón fue como cera, derritiéndose en medio de mis entrañas.” (Salmo 22:14, RVR60)

Es una descripción sobrecogedora de lo que provoca la crucifixión: un cuerpo colgado de los brazos durante horas, articulaciones estiradas al límite, el agotamiento total. David no podía saber esto por experiencia propia.

13. Cargó lo que era nuestro

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.” (Isaías 53:4, RVR60)

Isaías 53 es tan claro que algunos lo llaman “el quinto evangelio”. La gente miraba la cruz y pensaba: “Dios lo está castigando por algo que hizo”. Tenían razón a medias: era un castigo, pero no por su pecado. Pedro lo explica: “quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).

14. El cordero que no protestó

“Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.” (Isaías 53:7, RVR60)

Ante Pilato y ante los sacerdotes, Jesús guardó silencio, “de tal manera que el gobernador se maravillaba mucho” (Mateo 27:12-14). Siglos después, Felipe usó exactamente este pasaje para anunciarle el evangelio a un funcionario etíope (Hechos 8:32-35).

15. Su ropa, sorteada

“Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” (Salmo 22:18, RVR60)

Este detalle es tan específico que Juan se detiene a explicarlo: los soldados dividieron sus prendas en cuatro partes, pero la túnica era de una sola pieza, sin costura, así que decidieron no romperla y echarla a suertes (Juan 19:23-24). Dos acciones distintas, tal como el salmo lo describe.

16. Entregó su vida

“Derramó su vida hasta la muerte.” (Isaías 53:12, RVR60)

Nadie le quitó la vida a Jesús por la fuerza. Él dijo: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:18). Y en la cruz, “clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46).

17. Intercedió por sus verdugos

“Habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.” (Isaías 53:12, RVR60)

Mientras le clavaban las manos, Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Eso no es humano. Ninguno de nosotros reacciona así ante el dolor injusto.

La muerte y la sepultura

18. Ni un hueso quebrado (la Pascua)

“Ni quebraréis hueso suyo.” (Éxodo 12:46, RVR60)

Esta es la instrucción para el cordero de la Pascua en Egipto, cuya sangre libró al pueblo de la muerte. Es un tipo, una sombra. Pablo lo dice sin rodeos: “nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).

19. Ni un hueso quebrado (el justo)

“Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado.” (Salmo 34:20, RVR60)

A los crucificados se les quebraban las piernas para acelerar la muerte por asfixia. A los dos ladrones se las quebraron. Pero cuando llegaron a Jesús, ya había muerto, y no lo tocaron. Juan conecta ambas profecías: “estas cosas sucedieron para que se cumpliese la Escritura: No será quebrado hueso suyo” (Juan 19:33-36).

20. Traspasado

“Y mirarán a mí, a quien traspasaron.” (Zacarías 12:10, RVR60)

En lugar de quebrarle las piernas, un soldado le abrió el costado con una lanza (Juan 19:34). Juan cita a Zacarías inmediatamente (Juan 19:37). Y el Apocalipsis retoma el mismo versículo para hablar de su regreso: “todo ojo le verá, y los que le traspasaron” (Apocalipsis 1:7).

21. Muerto entre impíos, sepultado con un rico

“Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.” (Isaías 53:9, RVR60)

Lo normal habría sido que el cuerpo de un crucificado terminara en una fosa común. Pero Jesús murió entre dos malhechores y fue sepultado en la tumba nueva de José de Arimatea, “un hombre rico” (Mateo 27:57-60). Y la segunda mitad del versículo, Pedro la aplica también a Cristo: “el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca” (1 Pedro 2:22).

La resurrección y la exaltación

La historia no termina en la tumba. Los profetas tampoco se quedaron ahí.

22. No vería corrupción

“Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Salmo 16:10, RVR60)

Este fue el versículo central del primer sermón de la iglesia. En Pentecostés, Pedro argumentó que David no podía estar hablando de sí mismo, porque su tumba seguía ahí, con sus restos. Hablaba del Mesías, que resucitó sin que su cuerpo viera descomposición (Hechos 2:25-32).

23. Sentado a la diestra de Dios

“Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.” (Salmo 110:1, RVR60)

Es el versículo del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo. Jesús lo usó para dejar sin respuesta a los fariseos: si David llama “Señor” al Mesías, ¿cómo puede ser solo su hijo? (Mateo 22:41-46). Después de su ascensión, ese es exactamente el lugar que ocupa (Hebreos 1:3, 13).

24. Subió a lo alto y repartió dones

“Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, tomaste dones para los hombres, y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios.” (Salmo 68:18, RVR60)

Pablo lo aplica directamente a la ascensión de Cristo, que subió victorioso y dio dones a su iglesia (Efesios 4:8-11). Me encanta ese detalle: “también para los rebeldes”. Eso nos incluye a ti y a mí.

”¿Y si alguien las escribió después?”

Es una objeción razonable, y merece una respuesta seria.

Entre los siglos III y II antes de Cristo, eruditos judíos en Alejandría, Egipto, tradujeron las Escrituras hebreas al griego. Esa traducción es la Septuaginta, y circulaba ampliamente mucho antes del nacimiento de Jesús. Los salmos y los profetas que acabamos de leer ya estaban ahí.

Por si eso fuera poco, en 1947 un pastor beduino encontró en unas cuevas de Qumrán, junto al mar Muerto, lo que hoy conocemos como los Rollos del Mar Muerto. Entre ellos estaba un rollo completo de Isaías, fechado más de un siglo antes de Cristo. Isaías 53, el del siervo sufriente, está ahí, prácticamente igual a como lo leemos hoy.

No hay manera de acusar a los cristianos de haberlo inventado después de los hechos.

Ahora imagina esto: veinticuatro piezas de un rompecabezas, recortadas por distintas personas, en distintos siglos, que nunca se conocieron entre sí. Y un día alguien las junta y encajan perfectamente, formando un solo rostro. Eso no lo explica la casualidad. Lo explica un mismo Autor detrás de todos.

El Mesías que nadie esperaba

Hay algo que no quiero pasar por alto.

Mucha gente en tiempos de Jesús esperaba un Mesías de victorias inmediatas: un líder político que echara a los romanos, restaurara el reino y trajera prosperidad a Israel. Pero mira de nuevo la lista que acabamos de leer. Traición, escupitajos, golpes, burlas, clavos, una lanza, una tumba prestada.

El Mesías de los profetas pasaba por la cruz antes de llegar a la corona.

Por eso desconfío de cualquier mensaje que prometa un cristianismo sin cruz, donde seguir a Jesús es sinónimo de éxito, riqueza y cero sufrimiento. Ese no es el Cristo que anunciaron Isaías y David. El que ellos anunciaron fue “varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3, RVR60). Y lo hizo por amor a nosotros.

Lo que esto significa para ti hoy

Leer estas profecías no es solo un ejercicio intelectual para ganar una discusión. Es mucho más personal que eso.

Si Dios cumplió con precisión cada detalle que prometió sobre la primera venida de su Hijo, puedes confiar en que cumplirá también todo lo que te ha prometido a ti. Pablo lo dice de forma hermosa: “todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2 Corintios 1:20, RVR60).

Esa fidelidad no es teoría. Es el ancla para los días en los que no entendemos nada.

Y si estás leyendo esto y todavía no has puesto tu confianza en Jesús, quiero que sepas que todo este plan, escrito a lo largo de siglos, tenía un propósito: rescatarte. No por lo que tú puedas hacer, sino por lo que Él ya hizo. Somos salvos por gracia, por medio de la fe (Efesios 2:8-9). El mismo Jesús que cumplió estas profecías te invita hoy a recibirlo como tu Señor y Salvador.

Lo que viene

Esto apenas es la vista panorámica. En los próximos artículos vamos a detenernos en cada una de estas profecías, con más calma, mirando su contexto original y la manera en que se cumplieron en Jesús.

Mientras tanto, te dejo una tarea sencilla: lee el Salmo 22 e Isaías 53 de corrido, sin prisa, de una sola sentada. Y luego lee la crucifixión en el Evangelio de Juan, capítulo 19.

Tal vez, como aquellos dos caminantes de Emaús, sientas que el corazón te arde un poquito.


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